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LA AGRICULTURA
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Al Andalus es el nombre con el que se conoció el nuevo
Estado Islámico que fundaron los musulmanes en
la Península Ibérica, y su zona este se denominó Xarq al-Andalus.
Sabemos
de la tristeza y añoranza de los hispano-musulmanes
valencianos expulsados de Sharq al-Andalus,
la melancolía de sus corazones al recordar la
tierra que les vio nacer, murieron manifestando
que nunca vieron ni encontraron otras tierras,
a sus ojos más ricas y bellas, que las de sus
antepasados, cruelmente perdidas en guerras contra
los invasores catalano-aragoneses. Ibn al-Abbar es un buen ejemplo de ello.
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Pero lo más paradójico es que aquellos que se
las arrebataron también admiraron su belleza y la
exuberancia conseguida con el trabajo y esfuerzo
de generaciones y generaciones de sus anteriores
pobladores pobladores: valencianos musulmanes, judíos
y cristianos; Jaime I, en su
Crónica, hace una detallada descripción de la tierra
recién conquistada, la veían sus ojos en
toda su belleza natural y el esplendor que le habían
proporcionado sus antiguos pobladores; por ejemplo,
cuando en su Crónica nos describe el Pla de Xátiva:
"Anc no vim Xátiva,
e volem-la veer. E anam lla, a aquell coll agut
qui és part del castell, e veem la pus bella
horta, moltes e espesses, e veem encara lo Castell,
tan noble e tan bell, e tan bella horta, e haguem-ne
gran goig e gran alegre en nostre cor".
Cuando
los musulmanes llegaron a la Hispania romanogoda,
se encontraron con un panorama alimentario poco
reconfortante.
La tierra era pobre de recursos, y por tanto la
alimentación escasa y poco variada; se basaba
casi exclusivamente en el consumo de cereales
y en la vid, una agricultura de base romana, conservada,
prácticamente sin variación, por los visigodos,
cuyos elementos principales eran los cereales.
Lo mismo sucedía en el resto de Europa donde el
cultivo de frutas y hortalizas era prácticamente
inexistente.
En
base a esta situación, la política de los dirigentes Omeyas de al-Andalus,
fue la de impulsar todo lo relacionado con el
desarrollo agrícola Para ello en primer
lugar se recopilaron y tradujeron gran cantidad de
textos antiguos sobre agricultura -la mayoría
orientales- y se perfeccionaron
y aumentaron los sistemas de regadío de
origen romano existentes en el suelo peninsular,
tanto en las técnicas de extracción, como de conducción
del agua. Se aclimataron e introdujeron nuevas especies
vegetales.
La
agricultura que, a partir de ese momento se iba
a desarrollar en al-Andalus se basaría en tres
modelos:
A) El modelo Oriental
que tenía cuatro fuentes básicas: 1.- Bolo Demócrito
de Mendes agrónomo egipcio. 2.- Enlaza la tradición
griega con la siriaca y la persa 3.- Bizantinos
(rumíes). 4.- Agricultura Nabatea.
B)
El modelo Latino proviene de distintos
autores entre los que destacan Columela, Varrón,
Plinio, Paladio y Martialis.
C) El modelo Mozárabe se reduce
al uso de los textos latinos que los musulmanes
hallaron en España guardados en monasterios.
La
prosperidad que alcanzó la comunidad musulmana
conllevó una elevada densidad de la población
y determinadas formas de asentamiento, lo que
implica asimismo la necesidad del máximo
aprovechamiento de los recursos, naturales o creados.
De donde se derivan unas formas de utilización
intensiva de la tierra, pero sumamente respetuosa
del equilibrio del ecosistema.
La
agricultura andalusí se orientó hacia
cultivos preferentemente alimentarios aunque
existieran otros de uso comercial, como los empleados
en los tejidos, en la cría de gusanos de seda,
o en la fabricación del papel, por lo que no podemos olvidar las moreras, las plantas textiles
y las medicinales
La
base de la agricultura la constituían los cereales,
las hortalizas y verduras, legumbres, arroz, plantas
aromáticas, frutas y árboles frutales.....
Para
los cereales, existían molinos de diversos tipos, incluso
móviles y transportables, que daban idea de la
gran demanda de este producto y de su valía, algo
que, también, se refleja en las ordenanzas de
los zocos. Las frutas también originaron una industria,
la conservera, con la creación de
almíbares, arropes o jarabes, mientas las
plantas aromáticas creaban una industria de perfumes.
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Las
labores del campo se desarrollaban de acuerdo
con un calendario popular,
en enero se amontonaba las cañas de azúcar,
en marzo se plantaba
el algodón, en abril
aparecían las violetas y las rosas y se plantaban
las palmeras y las sandias. Las lluvias de ese
mes hacían crecer el trigo, la cebada y los demás
cereales, en mayo cuajaban
la aceitunas y aparecían los albaricoques, las
ciruelas y las manzanas tempranas. Se recogían
las habas, se segaba la cebada y las abejas producían
la miel; junio y julio
eran los meses de la siega y de la trilla; a finales
de agosto maduraban la uvas y los melocotones,
se recogían las nueces, se sembraban los nabos,
las habas, y los espárragos;
septiembre traía la vendimia y la recolección
de granadas y membrillos; en octubre
se preparaba la carne de membrillo; en noviembre se cosechaba el azafrán; diciembre era mes de lluvias abundantes
y en los huertos se plantaban calabazas y ajos.
Los
cambios introducidos en la agricultura hispano-goda,
además de repercutir en los sistemas de cultivo
y en los productos, provocaron una alteración
sustancial en la alimentación.
Frente a la clásica trilogía cristiana de trigo,
carne y vino, los andalusíes crearon nuevos hábitos
alimenticios en los que las verduras no
fueron solo la base, sino el elemento imprescindible,
bien a solas, bien acompañando las carnes, las
sopas, el pescado, con una enorme cantidad de
variantes en sus recetas.
Los
andalusíes podían consumir verduras y hortalizas
frescas durante todo el año. Precisamente,
este
elevado consumo de verduras y de frutas, frescas
y secas, será tan andalusí que el
posterior tribunal del Santo Oficio descubrirá
al moro reincidentemente por la afición
al consumo de vegetales.
En
cuanto a las frutas, desde el siglo XI se
daban en al-Andalus prácticamente las mismas que
hoy se encuentran en nuestros campos. La producción
agraria llegó a ser tan elevada, que surgieron
"Excedentes alimentarios", que
al ser vendidos, favorecieron el que otras
personas de la comunidad se especializaran en
determinados oficios, lo que dio lugar a una economía y a una cultura
urbana muy desarrolladas. Lo que sucedió
fue, en definitiva, lo que los especialistas han
dado en llamar una auténtica "revolución verde".
Las
buenas mañas hortícolas de los andalusíes, no
solo fueron estimadas por los musulmanes norteafricanos
que les acogieron tras ser expulsados de España,
sino que también eran valoradas
por los propios cristianos, como así lo
demuestra un refrán popular que todavía se emplea
entre nosotros y que dice:
"¡Una huerta es un tesoro, si el que la trabaja
es un moro!".
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En el 714 los musulmanes llegaron a Sharq al-Andalus,
los hispano-latinos que la habitaban
se mostraron pacíficos, por lo que, los de estado
independiente conservaron íntegra su libertad
personal y el dominio de sus bienes. En cuanto
a las clases serviles, la llegada de los musulmanes
les favoreció ostensiblemente. Los siervos
de los cristianos, continuaron en verdad ligados
a sus amos como antes, pero adquirieron el inapelable
derecho de disponer de sus bienes, y los que permanecieron
en tierras de los musulmanes, se transformaron
en una especie de arrendatarios aparceros, casi
sin ninguna dependencia de sus tareas agrarias.
Todos
los antiguos esclavos y siervos que declaraban
la fe islámica, se convertían en verdaderos musulmanes
y eran liberados, pasando inmediatamente a tener
derecho sobre el reparto de las tierras, lo que
provocó un crecimiento demográfico espectacular
a causa de la cantidad de nativos que llegaban
huidos de las tierras del interior, todavía bajo
el dominio visigodo, también se produjo un considerable aumento de la producción
agraria, pues, ya no eran siervos ni posesión
de nadie, ahora trabajaban su propia tierra.
La
primera medida tomada fue la parcelación y redistribución
de las tierras, haciendo desaparecer la mayoría
de los antiguos latifundios visigodos, convirtiéndolos
en pequeñas explotaciones familiares.
En
Shar al-Andalus solo quedó una pequeña zona sin
parcelar, la Almúnia del rey Ibn 'Abd al-'Aziz al norte
de la capital (donde ahora están
los Viveros), no era ninguna explotación
agraria latifundista, sino el parque o jardín
de esparcimiento de los reyes musulmanes. En
las Almúnias, se entremezclaban exóticas flores
de ornamentación, con plantas aromáticas, árboles
frutales, juegos de agua y albercas rodeadas de
pavos reales que se contoneaban desplegando impasibles
toda su belleza. En Denia
hay un pueblo denominado Ràfol d'Almúnia, pero
es solo el apellido de su último señor, su nombre
anterior era Ràfol dels Murs por la misma razón.
En
el siglo XI surgió en Sharq al-Andalus un nuevo
género literario que describía con
júbilo los jardines y frutos de la época.
Conocidas son las narraciones del
poeta Ali ben Ahmad
sobre lo que presenciaba en los jardines de la
almunia de al-Mansu,
en Valencia. En el siglo XI-XII
se crearon los primeros jardines botánicos,
a menudo estos jardines tenían un fin puramente
farmacológico y terapéutico, y se creaban junto
a los propios hospitales.
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Las
tierras de regadío se dividieron en pequeñas parcelas,
la unidad rural más importante en tierras de regadío
era la qariya que tenía una casa
principal con habitaciones, solía tener una torreta,
patio interior y disponía de construcciones anexas,
de hornos, graneros, molinos, etc. por esa razón
abundan los pueblos denominados Alquería:
de la Condesa, de Aznar, de Roca, de Jordá, de
Pallés, de Alba... Alquerieta y el diminutivo
árabe de Alcoraia (Alicante) y el plural Alcora.
El
núcleo rural y unidad más abundante era el
rahl, era una masía de cierta
importancia provista de graneros, almáceras, corrales,
etc. en la toponimia valenciana tenemos Rafal y Rafol, y los compuestos: Rafelcofer, Rafelguaraf, Rafelbuñol. Debían
ser muy modestas las explotaciones agrarias que
originaron los actuales pueblos
denominados Zucaina
ó Bunia, que
significa caseta; Xinquer
igual a cabaña y muchos otros topónimos valencianos de etimología arábiga
denotan que se desarrollaron sobre determinadas
construcciones agrícolas como: Algorfa
y Alforí
(granero), Almássera
(molino de aceite), y tantos otros que
resultan innumerables.
Para
el cultivo de la tierra de secano había numerosas
posesiones de mediana extensión, dichas en
singular diya, provistas de un castillo donde solían
protegerse de las incursiones de castellanos,
aragoneses y catalanes, y alrededor de los cuales
se desarrollaba pequeños centros urbanos.
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Establecieron el cultivo intensivo para las
tierras de regadío, con numerosas acequias era aprovechada al máximo
el agua de los ríos Millares, Túria ó Guadalaviar,
Júcar, Alcoy y Segura, había también numerosas
balsas y pozos. La condición de los labradores
iba mejorando continuamente, la mayoría de los
trabajadores de las tierras pasaron a ser parceleros.
Con el tiempo, esta
masa de campesinos indígenas de ascendencia ibero-romana
se islamizó totalmente, y los moriscos expulsados
de la Península en el siglo XVII eran descendientes
de ellos.
La
tierra era estudiada para su mayor aprovechamiento.
Ibn Bassal en su libro de Agricultura (siglo X),
estudia las diferentes clases de tierra,
su naturaleza, sus propiedade y el modo de distinguir
la buena tierra de la mala. Registra dieciseis
clases de tierra. Analiza su naturaleza o complexión
y sus ventajas o desventajas agrícolas.
Distingue la viavilidad de la tierra según
la estación del año en que se cultive,
así como las distintas plantas que prosperan
en cada tipo de terreno
Se
seleccionaban los tipos de cultivo según las características
del terreno, la composición de la tierra
y la climatología del lugar.
En el secano abundaban los algarrobos y los olivos,
siendo muy nombradas las de Morvedre, Xátiva y
Crevillente. También eran importantes los cultivos
de vid para la obtención de uvas y pasas de gran
fama valoradas tanto dentro como fuera de la Península
y muy utilizadas en la gastronomía andalusí, abundando
en el litoral desde las tierras de Tudmir hasta
Burriana, siendo especialmente apreciadas las
de Denia. Tenía fama el esparto de Alicante y
el azafrán de Valencia. Abundaban las moreras
para la cría de los gusanos de seda, también introducidos
por los árabes. Abundaban igualmente los árboles
frutales en tierras levantinas, higueras, perales,
palmeras datileras, almendros.
Una
práctica a la que se prestó mucha atención en
aquella época, fue la de la
producción de plantas de vivero. Ibn
al-Awwänó Abü Zaccaria
es el autor de origen andalusí que con más detalle
escribió sobre agronomía en su Libro de Agricultura
Kitäb al-filäha.
Durante la Edad Media, los escritores hispano-musulmanes de al-Andalus nos legaron un completo tratado de citricultura
muy adelantado para su época, algunas de cuyas
prácticas están aún vigentes.
En los siglos XI-XII,
Abu l'jayr,
en su Tratado de Agrcultura,
dedica un apitulo de injerto
de frutales. El injerto necesita un
preciso conocimiento de la naturaleza, de los
árboles, de las estaciones y los instrumentos
para operar. L'jayr cita las diferentes clases
siguientes de injerto. Clasifica también
los géneros básicos de los árboles,
distinguiendo los árboles oleosos como
el olivo, el acebuche o el laurel; los resinosos
como el melocotonero, el almendro o el ciruelo;
los lechosos como la higuera y la morera; y los
acuosos como el manzanom el ciruelo, la vid o
el granado.
El
éxito o fracaso de los injertos está basado en diferentes
conceptos, pero sobre todo en la naturaleza de
la savia. Ibn Bassäl
las clasificó en cuatro grupos
y estableció un quinto grupo formado por plantas
acuosas pero de hoja perenne. Además, creó una
clasificación climática estableciendo siete categorías
y situando a los cítricos: cidro, naranjo amargo,
limero, zamboa, limonero y semejantes como idóneos
para nuestro clima, por ser caluroso y seco pero
no extremo.
Ibn
al-Awwän, Ibn
Bassäl y
Abü-l-Jayr
nos proporcionan la información más interesante
respecto a los fertilizantes, especificando
épocas de utilización, tipos de estiércol según su procedencia:
ser humano, palomina, de otros animales,
diferentes beneficios y utilidades según
fuera fresco o fermentado y si era de cabra, de
caballería, de cenizas de algodón, o de distintas
leñas..... Tratados con infinidad de combinaciones según
la especie a abonar y el resultado deseado con
respecto al crecimiento, a la floración o al fruto.
Los
musulmanes también perfeccionaron inmensamente
las técnicas de riego,
se convirtieron en los maestros de la técnica
hidráulica agrícola, aprovecharon los sistemas
de riego romanos que aquí encontraron, y junto
a las técnicas orientales que conocían, pudieron
lograr un excepcional aprovechamiento del agua,
no podemos pasar por desapercibido el hecho del
contenido etimológico árabe de las palabras actuales
con las que se designan las obras hidráulicas
o de riego: sèquia, assut,
assarb, sínia, nória, alcaduf, aljub, safareig,
martava, tanda, etc.
Los dos sistemas de regadío tradicionales todavía
vigentes en la actualidad provienen de la época
musulmana, además de las canalizaciones
del agua ó acequias,
por las que corría el agua de los ríos o de los
manantiales, sirviendose de los desniveles del
suelo. En la utilización de las aguas fluviales
emplearon los azudes o presas,
y los alquezares o cortes.
Para captar aguas subterráneas se utilizaron
pozos y unas galerías perforadas, aplicando
técnicas de origen oriental. También
utilizaron técnicas de
drenaje y desecación de
marchales y tierras pantanosas.
Tanto
las aguas de los ríos como de los pozos y las
galerías se podían aprovechar empleando
ruedas elevadores que permitían llevar
el agua hasta una alberca de donde salían las acequias y
los canales. Entre estas ruedas se encontraban
las que se movían directamente por la corriente
del agua, las que funcionaban con la fuerza de
un animal, o las de balancín.
Ar-Razí
nos habla del sistema de regadío del Segura, muy
similar al del Nilo en Egipto.
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Lo que más evidencia el alcance
de la agronomía árabe es la introducción de nuevas especies,
hasta entonces exóticas, realizada con tanta sabiduría
y acierto, que no se malogró ninguna de las que
intentaron añadir a las indígenas.
Hasta
nuestros días han llegado fragmentos y reproducciones
de los escritos que narran las experiencias de
los musulmanes que estaban repartidos por todo
el mundo conocido, pero unidos por el sentir religioso,
por las redes comerciales y las peregrinaciones
a la Meca; sus escritos nos revelan el alto nivel
cultural y agrónomo de aquellas gentes.
Los
musulmanes introdujeron nuevos productos muy populares
hoy, no solamente en la Península, sino en toda
Europa, como es la berenjena (badinÿana),
originaria de la India y difundida por el Mediterráneo
a través de Irán. Tan apreciada
llegó a ser ésta en al-Ándalus, que los almuerzos
de mucho bullicio y gentío, se les llamaba «berenjenales».
Entre
las verduras también trajeron
las alcachofas (jarshuf)
y los espárragos, que tenían
la propiedad de evitar los malos olores de la
carne. Las hortalizas más cultivadas eran, además, la calabaza, los pepinos, las judías verdes,
los ajos, la cebolla, la zanahoria, el nabo, los
jaramagos, las acelgas (as-silqa),
las espinacas (isfanaj)
y muchas otras.
El
higo, que llegó a ser reputado en al-Ándalus hasta el
punto de exportarse a Oriente, se introdujo en
la península, procedente de Constantinopla, en
tiempos de Abderrahmán II. Los cítricos, como
el limón (laimún),
el toronjo y la naranja (del árabe: naranÿa,
y éste del persa: naranguí)
amarga fueron importados de Asia oriental. Eran
utilizados para conservar los alimentos, pero
también se extraía de ellos para la elaboración
de zumos y de sus flores, esencias para la elaboración
de perfumes. Igualmente,
la ciencia del injerto se desarrolló en al-Ándalus
hasta límites insospechados,
logrando, por ejemplo, una extraordinaria variedad
de pomelos.
El
naranjo amargo, en al-Andalus
närany
fue introducido por los árabes a finales del siglo
X o principios del XI y aparece citado en el Tratado
Agrícola Andalusí Anónimo. El
método de reproducción por semilla
lo aplicaban a todos los cítricos y se
hacía en un lugar resguardado del frío. Según
Ibn
Bassäl, las semillas se
sembraban en enero-febrero. Un año más tarde se
hacía el trasplante a macetas teniendo en cuenta
que solo debía haber una planta en cada una, donde
permanecían dos años, al cabo de los cuales se
llevaban al terreno definitivo.
El
limón, su nombre deriva
del árabe "laymun"
y parece que fueron ellos
quienes los introdujeron en la península Ibérica
en el siglo X, según los que mantienen el que
ya aparecía en las obras gastronómicas cordobesas del siglo X,
mientras que otros afirman que el limonero debió
ser introducido por los árabes hacia la segunda
mitad del siglo XI, ya que no aparece en el Calendario de Córdoba (s. X), ni en el Tratado Agrícola
Andalusí Anónimo (ss. X-XI),
ni tampoco en la obra de Ibn
Wäfid de Toledo (primera mitad del s. XI).
Sin embargo si lo nombra
Ibn Bassäl (s. XI). Procedente
del sureste asiático. Florece en abril - mayo.
Los frutos, conocidos como limones, de color amarillo,
se han usado en gastronomía desde entonces.
No resisten bien las heladas. Es frecuente en
huertas y jardines, especialmente en las ciudades
de al Andalus.
También
cabe destacar la introducción de la caña
de azúcar en el siglo X, su cultivo fue numeroso en la etapa musulmana de
la actual Comunidad Valenciana, siendo uno de
los más importantes cuando se produjo la expulsión
de los moriscos valencianos;
el arroz, que sigue
siendo un cultivo primordial en la marchal, base
de nuestra alimentación más tradicional, y producto
de exportación;
la sandía, que provenía de Persia
y del Yemen; el melón,
del Jorasán; el altramuz,
tan ligado a nuestra tradición;
el azafrán, indispensable en nuestra cocina actual, fué
el cultivo mayoritario en
Balansiya; el algodón, para
el textil; el albaricoque;
el plátano; el jazmín y muchas otras.
La
granada
de Siria, convertida,
en la imaginación colectiva, en el símbolo por
excelencia de la España musulmana. A propósito,
en el «Libro de Agricultura» de Ibn
al-Awwám (siglos XII y XIII),
traducido por Banqueri, AECI, Madrid, 1988, podemos
leer una tradición del Profeta Muhammad sobre
esta hermosa fruta, rescatada por este hacendado
andalusí de la zona de Aljarafe, cerca de Sevilla:
«Cuidad del granado;
comed la granada, pues ella desvanece todo rencor
y envidia».
en
general se produjo un sensible aumento de variedades
de verduras, hortalizas, y árboles frutales,
algunas de ellas ya eran conocidas por lo chinos,
persas o indios, pero fueron los árabes los que
consiguieron su difusión en Occidente.
Otras
especies frutales, como el olivo, ya existían
en nuestro suelo, pero fueron los hispanomusulmanes
quienes fomentaron y organizaron su cultivo a
gran escala, así como la introducción del aceite
de oliva en la gastronomía, de hecho, el uso del
aceite de oliva prácticamente desapareció de la
cocina en amplias zonas, después de la expulsión
de los moriscos, siendo sustituido por la indigesta
manteca de cerdo, hasta hace bien poco.
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la política de
los dirigentes Omeyas de al-Andalus, fue la de impulsar
todo lo relacionado con el desarrollo agrícola
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Tratado
de Agricultura de al-Tignari. Granada, siglo XI-XII
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La
primera medida tomada fue la parcelación y redistribución
de las tierras
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Establecieron
el cultivo intensivo para las tierras de regadío
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Gracias
a lo que los especialistas han dado en llamar una auténtica
"revolución verde" los andalusíes podían consumir verduras
y hortalizas frescas durante todo el año
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En
cuanto a las frutas,
desde el siglo XI se daban en al-Andalus prácticamente las
mismas que hoy se encuentran en nuestros campos
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Ar-Razí
nos habla del sistema de regadío del Segura, muy similar
al del Nilo en Egipto
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Lo
que más evidencia el alcance de la agronomía árabe es la
introducción de nuevas especies
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