EVOLUCIÓN
DE LOS HÁBITOS ALIMENTICIOS
EN AL ÁNDALUS.
Jorge Fernández Bustos y José
Luis Vázquez González
Al
Andalus
es el nombre con el que se conoció el nuevo
Estado Islámico que fundaron los musulmanes
en la Península Ibérica.
Llegado
el siglo VIII, la Iberia visigoda se había
consolidado como un enorme territorio de un inmenso
interés, gastronómicamente hablando.
Pero el cambio radical, la voluptuosidad y refinamiento
definitivos se lo darían los árabes
cuando penetraron en este antiguo asentamiento.
La cocina es un arte y así lo supieron
ver los nuevos inquilinos.
Sin
embargo, a pesar de esta exquisitez, en al-Andalus
predominó la sobriedad alimentaria, lo
cual parece ser más una opción individual
en nuestra zona. La comida era un elemento de
socialización y de hospitalidad. Era la
ley que el poderoso diera lo que de el se esperaba
y lo que a él se le pedía. No en
balde, entre las obras que sirven para alcanzar
el Paraíso los musulmanes mencionan la
distribución de limosnas, larguezas y generosidades.
El comportamiento, los ritos y la liturgia de
la mesa entre los árabes y los musulmanes
serán las normas de conducta que, salvando
las distancias, todavía observamos. Modos
que ya apuntaron los romanos en su día
y que caerían entre las legañas
del olvido hasta que Luis XIV de Francia dictara
unas reglas de uso en la mesa algo más
pueriles que las arábigas y las musulmanas.
Y,
puestos a olvidar, tras la invasión cristiana
la gastronomía árabe cayó
en un profundo estado de amnesia o simplemente
cambió de nombre o no se le reconoció
su paternidad. En palabras de Pablo Amante:
"Parecía que daba vergüenza
guisar y comer platos que inventaron los perdedores".
Y más adelante ejemplifica: "Pocos
querían recordar un "tajin" de
cordero, y preferían llamar caldero al
guiso. Cada potaje, olla o puchero, es un tremular
recuerdo de los cuscús, tajín o
mechui magrebíes".
Seguramente
los conquistadores, vulgarizaron las comidas andalusíes
y su arte gastronómico. Destacado es entre
los nuevos ocupas del Reino los excesos y el descontrol
alimentario, lo que en el mundo hispano-magrebí
eran bien escasos. La sobriedad, la moderación
y el consumo inteligente caracterizaba a este
pueblo desde un comienzo. Es verdad que, en todas
las culturas, algunos personajes son glotones,
amigos de comer y beber, pero no debemos confundir
la pasión por la comida con la avaricia
y la gula.
A
finales del siglo VIII, la mayoría de la
población, descendiente de los hispanorromanos
y de los visigodos, se había convertido al
Islam, recibiendo el nombre de muladíes;
solo en las ciudades quedó una parte de población
que se mantuvo cristiana, los mozárabes,
y que, en general, fue muy respetada.
De
esta forma, la población de Al-Andalus
quedó comprendida por árabes, establecidos
sobre todo en las ciudades; por beréberes,
que en lo general conformaban núcleos campesinos
en las zonas montañosas; por judíos
y por pobladores autóctonos (iberos, suevos
y visigodos), a los que hay que añadir
los esclavos importados.
Al-Andalus,
supuso una civilización avanzada y culta.
Forjó un nuevo tipo de sociedad urbana muy
estructurada, al tiempo que revolucionó las
tareas del campo, vitalizando la agricultura, aportando
nuevos métodos de cultivo y un sinfín
de especies foráneas.
El
núcleo urbano era la medina, de trazado
apretado y denso, que, a su vez, se organizaba
en dos zonas: la comercial y la vecinal. El
zoco era un lugar de encuentro, en
el que, en medio de un frenético deambular,
se sucedían las más diversas transacciones,
y también las más insospechadas
intrigas. Los oficios y los puestos se extendían
por áreas especializadas, en las que se
podían hallar las más variadas mercancías.
Desde especias y perfumes, hasta hortalizas y
frutas, carne, tejidos, orfebrería y cerámica,
frituras de pescado y tortas de harina.
Una
estricta seria de normas regían la vida
comercial, cuya honradez, no siempre
garantizada, vigilaba atento el almotacén
inspector del zoco. Las compras se efectuaban
por intercambio de mercancías o con dinero
constante y sonante, que se acuñaba en
la ceca de Córdoba, primero, y de otras
ciudades en época de taifas. Dinares, dirhems
y feluses eran moneda de pago corriente.
Cabe
suponer que los primeros contactos con la cocina
fueron harto rudimentarios. Un ejército
que se aventuraba por tierras desconocidas, enfrentándose
a un hábitat accidentado y a unas gentes
bárbaras en demasía, no se podía
entretener en exquisiteces del fogón. El
rancho cotidiano del ejército
consistiría en algunas viandas transportadas
del lugar de origen, como podían ser dátiles,
higos y algunos otros frutos secos, muchos de
ellos desconocidos hasta entonces en la Península,
pero sobre todo, el propio abastecimiento in
situ: la recolecta de frutas y verduras en
el camino; la caza que afortunadamente les salía
al encuentro con sorprendente frecuencia (recuerden
los interminables conejos), asaltada en el nombre
de Alá y consumida cuando el Corán
lo permitía. Pero sobre todo del cobro
de los tributos.
No
había tierra, cortijo o aldea que se liberara
del pago en forma de trigo o ganado a los nuevos
señores. Así, Teodomiro de Orihuela,
consintió capitular imponiendo algunas
condiciones realmente ventajosas para los vecinos
y un tributo sustancioso para los hijos del Islam;
éste se concretaba en el pago individual
de un dinar y cuatro
modios de trigo y cuatro de cebada y cuatro cántaros
de arrope y cuatro de vinagre y dos de miel y
dos de aceite. Tratado celebrado por
ambas partes y aplaudido por los distantes omeyas
damascenos. En virtud de este tratado, Teodomiro
quedó como gobernador inamovible y Orihuela
fue un estado autónomo durante muchos años.
Asimismo,
los señores de algunas fortalezas de la
región de Murcia, Alicante y Valencia,
situadas a lo largo de la antigua Vía Augusta,
se sometieron al gobierno musulmán a cambio
de un estatuto jurídico en que se reconocen
libertades, posesiones y religión para
sus habitantes.
Como
gente sabia, siempre que no fuera necesario, los
musulmanes no destruían nada de lo que encontraban
a su paso; ni edificaciones, ni costumbres,
ni tradición, sino todo lo contrario, reconstruyeron
las antiguas obras dejadas por los romanos, como
los puentes y los acueductos, y construyeron acequias
y canales, elevaron norias y molinos de agua y perforaron
pozos, erigiendo así una "cultura
del agua", como si les fuera necesario
alimentar los sentidos con ese elemento tan apreciado
en sus orígenes.
Fueron
permisivos en los hábitos de los conquistados
y en sus creencias. Respetaron
el sabbat judío y el domingo cristiano,
aunque no lo comprendieran. Para ellos, un Dios
todopoderoso no tendría necesidad de descansar
ningún día. Los judíos saludaron
con gentileza a esa nueva religión tolerante,
que pregonaba la libertad de culto, y se alegraron
de no depender de los antiguos feudos que a cada
momento los perseguía, los diezmaba o los
condenaban al ostracismo o al destierro por practicar
la fe de Isaac y de Moisés. Los cristianos,
por su paste, simplemente cambiaron de dueños.
Estos quizá más gentiles y considerados
con el agricultor que pagaba religiosamente sus
impuestos o el vaquero que engordaba su ganado.
En
palabras de R.H. Shamsuddín Elía:
"La
población nativa mayoritariamente arriana
y la numerosa comunidad judía recibieron
a los musulmanes como liberadores y comulgaron
con su fe, costumbres y tradiciones, que eran
prácticamente las mismas que ellos tenían".
Otro de los ingresos
alimenticios de los árabes en campaña
lo constituían los cultivos propios a pie
de sitio. Un ejemplo de ello lo tenemos en el
asedio de Huesca. Los árabes pusieron cerco
a la ciudad y se prepararon sin prisas a su capitulación:
"edificaron viviendas
en torno a la ciudad, plantaron huertas y sembraron,
para asegurarse la subsistencia, y persistieron
en esta actitud durante siete años",
dice una obra de al-Mdri. De esta forma el alimento
estaba asegurado.
Este
rosario de cultivos, que fueron adoptados durante
la conquista cristiana, constituyó una
de las aportaciones musulmanas más significativas
en aquellos días.
Entre estos cultivos, fueron de enorme importancia,
las plantaciones de arroz que se fijaron
primeramente en las marismas del río Guadalquivir
y que posteriormente alcanzaron gran desarrollo
en Valencia, en las zonas próximas a la
Albufera.
Son
características de los hispanomusulmanes
el consumo de los cereales, legumbres, frutas, hortalizas,
pan, carne, aceite, mantequilla, miel, leche y,
entre los platos preparados el cuscús.
Los
huevos y los productos lácteos, como el
queso o el requesón, eran muy familiares,
especialmente en le medio rural. La leche y la
mantequilla y los fermentos lácteos en
general son mucho más utilizados y valorados
en el mundo musulmán que en el cristiano.
El consumo del queso frito (almojábana)
era bastante habitual.
Los
recién llegados, al tiempo, fueron soberanos.
Trajeron a sus poetas, a sus arquitectos, a sus
ulemas y a sus hombres de ciencia, a sus médicos
y a sus entendidos en carnes y en especias. No
tardaron en construir mezquitas y madrazas, alcazabas
y baños (hammam), y en levantar
zocos, medinas, comedores.
Los
árabes asumieron e integraron en sus costumbres
culinarias lo hallado en el país, los alimentos
y sus formas, e incorporaron sus cultivos y sus
dietas. Encontraron y mejoraron el cultivo del
olivo, la lechuga, las habas e introdujeron gran
cantidad de frutales, perfeccionaron la recolecta
de higos y cerezas, y plantaron palmerales y caña
de azúcar. La aceituna de mesa se preparaba
de forma similar a como se elabora hoy en Andalucía.
La
prosperidad de la comunidad musulmana
conllevó una elevada densidad de la población
y determinadas formas de asentamiento, lo que
implica asimismo la necesidad del máximo
aprovechamiento de los recursos, naturales o creados.
De donde se derivan unas formas de utilización
intensiva de la tierra, pero sumamente respetuosa
del equilibrio del ecosistema.
La
tierra era estudiada para su mayor aprovechamiento.
Ibn Bassal en su libro de Agricultura (siglo X),
estudia las diferentes clases de tierra, su naturaleza,
sus propiedades y el modo de distinguir la buena
tierra de la mala. Registra dieciséis clases
de tierra. Analiza su naturaleza o complexión
y sus ventajas o desventajas agrícolas.
Distingue la viabilidad de la tierra según
la estación del año en que se cultive,
así como las distintas plantas que prosperan
en cada tipo de terreno.
Córdoba
poseía un notable y revolucionario sistema
de albañales y aguas corrientes, a lo que
se sumaba una red de alumbrado público
y un ingenioso método de irrigación
de la vega circundante a través de norias
y acequias que extraían el agua del río
Guadalquivir (del árabe
uadi al-kabir "el río
grande"). En plan comparativo, podemos decir
que en esa época, a mediados del siglo
X, París y Londres eran aldeas casi desconocidas,
y la gran mayoría de las ciudades de la
Europa no musulmana se hallaban en las más
absolutas condiciones de insalubridad y primitivismo.
El maristán u hospital árabe, no
solo era un centro de salud, sino el lugar encargado
de velar por la higiene del pueblo.
La consecuencia inmediata de esta superpoblación
será que, en vez de cultivos extensivos
de cereales, se tenderá a la explotación
de pequeñas unidades de producción
de las vegas. A las tierras de pan llevar
cristianas, se
contraponen las huertas y los vergeles musulmanes.
La descripción típica de la ciudad
andalusí se concibe rodeada por su feraz
vega de huertas y árboles frutales, que
hacía las delicias del musulmán.
Precisamente,
este
elevado consumo de verduras y de frutas, frescas
y secas, será tan andalusí que el
posterior tribunal del Santo Oficio descubrirá
al moro reincidentemente por la afición
al consumo de vegetales.
Aparte
de las huertas y la vega, se practicaba la agricultura
de terrazas, se organizaban los espacios
hidráulicos y sus cosechas; las mercancías
eran intercambiadas en los zocos semanales, practicando
el trueque como sistema de intercambio económico.
También
se experimentó la técnica del injerto,
logrando las más óptimas especies
arbícolas. En
los siglos XI-XII, Abu l'jayr,
en su Tratado de Agricultura,
dedica un capitulo de injerto de frutales. El
injerto necesita un preciso conocimiento de la
naturaleza, de los árboles, de las estaciones
y los instrumentos para operar. L'jayr cita las
diferentes clases siguientes de injerto. Clasifica
también los géneros básicos
de los árboles, distinguiendo los árboles
oleosos como el olivo, el acebuche o el laurel;
los resinosos como el melocotonero, el almendro
o el ciruelo; los lechosos como la higuera y la
morera; y los acuosos como el manzano el ciruelo,
la vid o el granado.
En nuestras modernas cocinas podemos ver que
existen variadas formas
de preparar los alimentos que nos vienen de
Al-Andalus Entre ellas podemos destacar:
Los cocidos en los que se mezclaban tres elementos
básicos de la alimentación: verduras,
carnes y legumbres.
Las albóndigas y empanadas que servían
para aprovechar las carnes sobrantes de platos
anteriores.
Las
gachas, hechas sobre todo harina de garbanzo.
Las
migas hechas de trozos de pan sobrantes.
Los
salazones, que ya tenían una tradición
reconocida desde la época tartásica,
pero que mejoraron considerablemente.
Los
escabechados con vinagres y plantas aromáticas.
Los
fritos, tanto en lo que concierne a los pescados
y la carne, como a las llamadas frutas de
sartén: buñuelos, churros, pestiños,
roscos de huevo, piñones, etc.
Otra
característica de la cocina andalusí
que nos ha llegado hasta hoy es el
uso de los condimentos con multitud de especias
y plantas aromáticas; la utilización
de los sabores dulces en platos salados a través
del empleo de frutos secos como almendras, castañas,
piñones, etc. y frutas secas como higos
y pasas fundamentalmente, o la miel en el guisado
de carnes o pescados.
Generalmente,
apreciaban las comidas con mucha mezcla de sabores,
como podía ser un plato de carne de ave
con una salsa a base de ajo y queso, sazonado
todo con vinagres y azafrán.
Con
los árabes se fomentó el pastoreo
y la trashumancia, en la agricultura de secado
introdujeron el barrecho durante uno o dos años,
se amplían y difunden los sistemas de conservación
de los alimentos, se aplican las plantas medicinales
y parece ser que se crea
la primera farmacopea naturista.
Cultivaron el trigo, la cebada, el sorgo, la avena
y en las tierras frías del centro. No obstante,
en los primeros tiempos o en los periodos de escasez,
importaron cereales, ganado y cueros del interior
de los puertos atlánticos marroquíes.
Algunos
autores, como Lucie Bolens, llegan a hablar de la
existencia de una revolución agrícola
en los siglos XI y XII en el Islam de Occidente
lo que supuso una mejora considerable en la alimentación.
Todo
esto determinó que, llegando al siglo X
y los que continuaron, el Magreb y Al-Andalus
vivieron momentos que se cuentan entre los más
prósperos y brillantes. El sucesor de Abderrahmán
III, Al-Hakam II al-Mustansir, propició
un enorme desarrollo de las ciencias y las artes
que daría como consecuencia el llamado
Renacimiento Europeo.
Fueron
características esenciales del periodo andalusí
un gran desarrollo de la horticultura, una importancia
de la arbolicultura tan grande como la aleicultura
o la viticultura.
Gustaban
en Al-Andalus del pan elaborado con la mejor harina
de trigo, de la volatería, de la carne de
cordero, de los platos especiados, de las frutas
frescas y confitadas, de los frutos secos, de los
dulces, y del consumo de verduras frescas.
(Extractos
de "HERENCIA DE LA COCINA ANDALUSÍ"
de Jorge Fernández Bustos y José
Luis Vázquez González- FUNDACIÓN
AL ÁNDALUS)