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Las
eruditas polémicas sobre quién sembró
los primeros trigos duros continúan. Algunos botánicos
afirman que los genes del trigo duro nos conducen a las llanuras
costeras que bordean el Mar Rojo, desde donde, siguiendo las
rutas del Nilo, viajaron hasta el Magreb gracias a los pueblos
migradores.
En
todas las lenguas beréberes, desde el oasis de siua
en Egipto hasta las riberas de Marruecos y hacia el sur hasta
Mali y Níger, donde viven poblaciones tuaregs, tamasihs,
o beréberes, los nombres, timsin, tamzin
o tumzin para la cebada, e irden, iarden
o idhem para el trigo duro, no deben nada ni a las
lenguas del Próximo o Medio Oriente ni al latín.
Este trigo duro, motivo de conquista, confrontó muchas
veces a sus cultivadores con otros pueblos.
Los
conquistadores fenicios que habían mantenido su supremacía
en el Mediterráneo, después de la caída
de Tiro, intentaron un repliegue terrestre en dirección
a las riquezas agrícolas y por primera vez los pobladores
del norte de África se vieron confrontados a una conquista
violenta de sus tierras agrícolas, respondieron con
con una resistencia tan atroz que las guerras se prolongaron
durante más de un siglo hasta que Cartago capituló
frente a Roma que había logrado un gran aliado del
Magreb, Masinisa, que esperaba conseguir un estado unificado
e independiente gracias a esta alianza. Pero Masinisa no había
tenido en cuenta el imperialismo romano, que soñaba
con un África romana y se empecinó en conquistarla,
la denominaba Berbería y beréberes a su pobladores
autóctonos.
El
trigo duro es reconocido como el cereal más noble por
sus excelentes cualidades alimenticias. Es muy distinto del
trigo blando o tierno, pero en Europa
solo cultivaba el far, o trigo tierno, y Roma cubrió
de Triticum, el hermoso trigo duro de África, en todas
las tierras "beréberes" que se convirtieron
en propiedad pública.
La
tierra que los trigos duros prefieren es la estepa que cubre
las tierras altas de Yazirat al Magrib, la isla de
Occidente, así fue cómo los árabes llegados
del este llamaron a ese vasto territorio elevado, rodeado
en sus cuatro puntos cardinales por inmensidades marítimas
o arenosas. La cebada y el trigo duro se amoldan perfectamente
al ritmo de las estaciones de las tierras altas y crecen recios
sobre los suelos de la estepa ricos en fosfatos donde sin
duda fueron cultivados desde épocas neolíticas.
La
cocina magrebí continúa siendo fiel a su identidad
primigenia y durante milenios ha viajado sin tropiezos de
una generación a otra de madres. Nos habla de cebada
y trigo, de recolecciones y cosechas, de la muela y el fuego,
del hogar, de granos tostados y tortas secas cocidas sobre
la llama, de la alfarera gracias a quien el agua llega al
fuego y hace que las moliendas hervidas tengan un suavidad
todavía inexplicable. Nos habla de trigo duro, triturado
en forma de sémola coriácea bajo la rueda del
molino, y celebra el cuscús, el alimento por antonomasia,
transmitido por gestos inmutables, hechizo o ballet ante la
fuente en la que unas manos a la vez pacientes y ágiles
transformaron lo crudo y seco en copos etéreos como
el sueño.
El
término cuscús significa "chafar",
"majar", Y hace referencia a la sémola de
grano duro cocida al vapor, que se sirve como acompañamiento
de carnes, pescados y verduras. Puede considerarse como el
equivalente del arroz blanco en China o India, o el pan en
España.
Se
han hallado cascotes de cuscuseras en sepulturas fechadas
en la época de Masinisa, que como ya hemos indicado
anteriormente fue coincidente con los fenicios y anterior
al Imperio Romano. Según afirma Ibn Jaldun, el cuscús
se cita en las crónicas históricas de la conquista
árabe y la islamización del Magreb. La crónica
de Abu Zakariya, sabio yariyí de Ouargla, alaba
un plato de cuscús coronado de carne de cordero y acompañado
de una jarra de leche agria, uno de los manjares más
apreciados en el sur tunecino. Ibn Batuta, sabio nacido en
Tánger en 1304 y condenado a un pequeño exilio,
menciona en el relato de uno de sus viajes a través
de "Sudán", país de los negros, un
insólito plato de cuscús que le fue servido
durante una parada en el sur de la actual Mauritania: "al
llegar a una aldea acuden al viajero las mujeres de los negros
con mijo, leche agria, gallinas, harina de loto, arroz, fü
ni -parecido a los granos de mostaza y con el que se preparan
el alcuzcuz y la `asida- así como con
harina de alubia".
seráen
el siglo XVII cuando el maestro Maqqari abrirá al cuscús
las puertas de una fama internacional y señalará
su importancia en el inconsciente colectivo magrebí
al explicar que el cuscús, prescrito en sueños
por el Profeta, curó milagrosamente en Damasco a un
viajero magrebí en el que la enfermedad causaba estragos.
Maqqari hace la siguiente reflexión: "Es un procedimiento
que se suele emplear en medicina; al ser el cuscús
un plato del que los magrebíes se alimentas habitualmente,
y al cual son muy aficionados a pesar del uso frecuente que
hacen de él, puede ser que, en este caso, despertar
el apetito devolviera la salud al enfermo. Por lo demás,
solo Dios y su enviado saben mejor que nadie a que se debió.".
Al-Andalus
tardó en adoptar el cuscús pero
habló de él, mientras que los magrebíes
comieron cuscús durante mucho tiempo sin decir nada.
El cuscús se difundió por Al-Andalus, gracias
a los Almohades, llegados del Atlas marroquí, y cuyo
estilo de vida beréber modificó lentamente las
costumbres orientales de Al-Andalus La célebre Fadalat
al Jiwan, "Los releves de la mesa", de Ibn Razin,
escrito en el siglo XIII, cita el cuscús entre los
platos que se rocían con caldo.
La
tradición andalusí establece
una diferencia entre dos platos cocidos al vapor, el cuscús,
que hace referencia al saber hacer beréber, y el fatit
de migas de pan de Oriente Próximo. Los caldos del
cuscús andalusí, al igual que las sopas de pan
y otras sopas, se aderezan con garum, salmuera fermentada,
garum de pescado, cercano al ñuoc mam
vietnamita, o garum de cereales fermentados.
Para
que las carnes grasas sean más digestivas, se acidifican
con agras, vinagre, o frutas ácidas, granadas o albaricoques
secos, que posteriormente se reemplazarán por el limón
y el tomate, por entonces desconocidos. Lucie Bolens da la
receta de un caldo ácido, extraída de una recopilación
anónima del siglo XIII, con fama de ser la mejor. Otras
recetas insisten en la condimentación del grano de
cuscús, que se trabaja con mantequilla, canela y macis
y se sirve espolvoreándolo con canela y nardo, un toque
andalusí que ha tenido su continuidad en Marruecos
y revela el origen de las tradiciones urbanas de algunas grandes
ciudades del Magreb.
La
gloria del cuscús ibérico se mantuvo mucho más
allá del final de la época musulmana. El cuscús,
coscuz, se cita en el siglo XV en la crónica
portuguesa de fray Joâo Alvares. Este cuzcuz
que se sirve en las mesas más ricas de Portugal, aparece
en una ley que regula los gastos de lujo del palacio del rey
Sebastián, en el año 1539. Los autores españoles
de los siglos siguientes, Lope de Vega y Calderón,
citan con frecuencia el cuscús que designan como alcuzcuz
o alcuzcuzú, quedando el artículo árabe
incluido en la palabra tal como suele suceder en las palabras
árabes hispanizadas.
Cervantes,
por su parte, ilustra con gracia los avatares lingüísticos
de la palabra. El autor describe en El trato de Argel
su vida como prisionero de los berberiscos y, evidentemente
habla del cuscús. Pone en boca de Fátima la
argelina, cuzcuz, sin el artículo, a la manera beréber,
mientras que Juan, renegado español, dice alcuzcuz,
arabizado a la andalusí... Sin embargo, los siglos
establecieron distancias entre España y los países
beréberes, poco a poco el cuscús desapareció
del horizonte culinario español y, al igual que en
el resto de Europa, reapareció en estos últimos
decenios.
En
el Magreb (pero también en Sicilia) se prepara aún
a mano, aunque mediante un proceso largo y complejo que requiere
bastante paciencia.
La
sémola, esparcida sobre paños blancos, se seca
al aire libre. Una vez seca, se mezcla con harina en un plato
ancho mediante movimientos circulares de la mano. De esta
manera, los granos de sémola, al unirse con la harina
aumentan de volumen.
Le
sigue un minucioso proceso de tamizado, que puede hacerse
en una o dos fases, según sea el resultado que se busque.
Cuanto más tamizado, más fino será el
cuscús que se obtenga.
Tras
preparar la sémola, se moja para que se hinche y, después
de cocerla al vapor en la cuscusera, se convierte en el acompañamiento
ideal para jugosas mezclas a base de carnes, pescado o verduras.
Los
granos del cuscús deben estar perfectamente separados
y no formar grumos. Después pueden ablandarse con mantequilla,
y por lo general se sirve en un solo plato grande y ancho,
dispuesto en el centro de la mesa, para que los comensales
coman directamente de él.
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